Edición Nro: 2478

EDITORIAL

Nietzsche, 3.0

Una vuelta a lo posible

Nietzsche, 3.0
El día que concedimos la idea de que seríamos manejados por un grupo de intelectuales, no más de treinta, que pretendían arrogarse la sabiduría del conocimiento de lo que es necesario hacer para enderezar a nuestro país, Nietzsche resucitó y se volvió a enterrar, de la angustia. La muerte de Dios, como se supone que creó esa idea (si no fue Dostoievski en"Los hermanos Karamazov", un poco antes), era una obra que se reducía a cenizas de posibilidades. El ser, tal como lo suponemos, individual, Macri de por medio en la era de la pos catastrófica de los Kirchner, dejaba de existir, para renacer en una masa colectiva que vitorea por la vuelta de una Cristina enclenque, rodeada de una banda de "Ladrones sin destino". Regalar un trozo de La gaya ciencia puede ser la oferta de OPI22 para los lectores fieles de siglo.

Dicho hombre, frenético o loco, cierta mañana se deja conducir al mercado. Provisto con una linterna en sus manos no dejaba de gritar: «¡Busco a Dios!» Allí había muchos ateos y no dejaron de reírse. La realidad inenarrable, mirándose con sorna entre sí, se decían: «¿Se ha perdido?» «¿Se ha extraviado?». Y agregaban: «Se habrá ocultado». «O tendrá miedo». «Acaso se habrá embarcado o emigrado». Y las carcajadas seguían. Al loco no le gustó esas burlas y, precipitándose entre ellos, les espetó: «¿Qué ha sido de Dios?». Fulminándolos con la mirada agregó: «Os lo voy a decir. Lo hemos matado. Vosotros y yo lo hemos matado. Hemos dejado esta tierra sin su sol, sin su orden, sin quién pueda conducirla... ¿Hemos vaciado el mar? Vagamos como a través de una nada infinita». Y en tono interrogativo y con énfasis prosiguió afirmando que nos roza el soplo del vacío, que la noche se hace más noche y más profunda, y que se torna indispensable encender linternas en pleno día. Manifestó que se oye a los sepultureros enterrando a Dios, agregando que tal vez tengamos que oler el desagradable tufo de la putrefacción divina, pues, naturalmente, los dioses también se pudren. Y siguió diciendo que lo más sagrado y lo más profundo se ha desangrado bajo nuestro cuchillo, preguntando, al mismo tiempo, si se podría encontrar un agua capaz de limpiar la sangre del cuchillo asesino. E inmediatamente puso en duda que la grandeza de este acto fuera propiamente humana. Y entendía que toda la posteridad se agigantaba con la magnificencia de este acto. Se puso colérico y echó al suelo su linterna y creyó reconocer que se había metido muy precozmente entre los hombres. Intuía que los oídos humanos no estaban todavía preparados para escuchar tales verdades. Porque el rayo, el trueno, la luz de los astros, y los actos heroicos de los hombres requieren su tiempo para arribar. Y este último acto mencionado se encuentra más lejos que los actos más lejanos. Los hombres nada saben de ellos y son ellos los que han cometido el acto.
Dicen que el loco ese día penetró en varias iglesias y entonó un requiem æternam deo. Y cuando era arrojado esgrimía reiteradamente su argumento: «¿Qué son estas iglesias, sino tumbas y monumentos fúnebres de Dios?».

Nietzsche, La gaya ciencia, sección 125 

Autor:Lic. José Luis Dranuta | 2019-09-14 | Editoriales Anteriores | Compartir: